Introducción
La finalidad reproductiva no es más
que otro factor de la sexualidad. Pretender que esta función
defina la actividad sexual es olvidar que la afectividad también
está relacionada con la sexualidad. Nos reproducimos muy
pocas veces a lo largo de nuestra vida, tal vez nunca, sin embargo,
nuestra capacidad afectiva y sexual está siempre presente.
Es cierto que podemos intentar negarnos a nosotros mismos la afectividad
y la sexualidad pero ¿a qué coste?
La sexualidad empieza
con la vida
Hasta hace muy pocos años no se ha llegado a aceptar
de forma general que los niños puedan desarrollar interés
por el sexo. De forma tradicional se entendía que ese interés
nacía en la adolescencia, con la capacidad para reproducirse
y que antes de ese periodo el niño carecía de intereses
sexuales. De la misma forma, tampoco se aceptaba que los ancianos
tuvieran impulsos sexuales. Se calificaba de "viejos verdes"
a aquellos que demostraban públicamente cualquier tipo de
intención sexual. Sólo a los adultos se les reconocía
capacidad sexual, especialmente se atribuía ésta a
los hombres, ni siquiera a las mujeres se les llegaba a reconocer
con plenitud.
Sin embargo, estas ideas son erróneas. Cada persona, en cada
etapa de su vida tiene su propio modo, su propia manera de vivir
la sexualidad, de desarrollar esa faceta que viene determinada por
la condición ineludible de ser sexuado. Evidentemente, no es igual
la sexualidad de un niño, la de un adolescente y la de un
anciano. Todos tienen sexualidad, aunque cada uno la desarrolla
de una manera particular y la manifiesta de forma diferente. Si
un niño o un viejo limitan sus manifestaciones sexuales es
exclusivamente porque en nuestra sociedad no se aceptan estas prácticas
en estos grupos de edad.
Como se puede comprobar la única etapa
de la vida en que a los individuos se les reconocía y permitía
la sexualidad es en aquel momento en que tenían capacidad
reproductiva. Pero sexualidad y reproducción no son términos
identificables. Es muy importante subrayar esto. La reproducción
no es la función principal de la sexualidad, sino un elemento
puntual y concreto que se da en muy pocas ocasiones a lo largo
de la vida de las personas. Por ello no es posible identificar
ambos términos, aunque en muchos casos se haya pretendido
hacerlo.
Otra característica fundamental de la
sexualidad humana es su plasticidad. No existe una sola forma
de comportamiento sexual. No es ya que hombres y mujeres actuemos
sexualmente de forma diferente, sino que cada persona es única.
Cada uno de nosotros es un individuo con una personalidad diferente
y característica, y lo mismo sucede con nuestra sexualidad.
Cada persona busca cosas diferentes en el sexo, tiene una evolución
sexual diferente y sus gustos sexuales también difieren.
La sexualidad tiene muchas más implicaciones que las meramente
físicas.
En el sexo cada persona puede buscar objetivos muy diferentes:
mero placer físico
sentirse amado y comprendido
volcar sus sentimientos agresivos
estatus social
nuevas experiencias que rompan la rutina
conseguir objetos estéticos valorados
superar un complejo de inferioridad
etc..
No todos valoramos los comportamientos sexuales
de la misma forma, ni llegamos a conseguir placer por los mismos
medios. Por ello es importante resaltar que cada sujeto tiene
el derecho y el deber de vivir su sexualidad como desee, como
le sea más gratificante, eso sí, siempre que le
enriquezca como persona y respete los deseos de los demás
individuos implicados.
El componente social
El comportamiento sexual efectivo de los individuos
siempre ha estado limitado por los usos y costumbres de cada grupo
social concreto. En nuestra sociedad, y en todas las sociedades,
el sexo siempre ha estado unido con los compromisos sociales,
matrimoniales (contrato matrimonial) y reproductivos, limitando
el libre desarrollo de los deseos sexuales de los individuos.
Como también ya veremos con más detenimiento, la
sexualidad ha sufrido un importante proceso de codificación
social. Ésto, como indicábamos, no es particular
de nuestra sociedad, pero si lo es la forma determinada y el valor
concreto que atribuimos al sexo en nuestras vidas.
Según nuestra cultura un individuo sólo
puede ser considerado adulto y valorado cuando cumple estos tres
requisitos:
es heterosexual
ha procreado
mantiene un comportamiento monógamo.
Toda conducta social/sexual que no se adapte a
estas normas es considerada marginal o inmadura. Es la educación
y esta presión social la que hace que los individuos adapten
su sexualidad a la norma social imperante, en nuestro caso la
heterosexual-reproductiva. La cultura, la religión y, hasta
la economía, han intentado poner el sexo a su servicio,
limitando de esta forma la libertad de actuación de los
individuos en la búsqueda del placer sexual y afectivo.
Es importante señalar que no todas las sociedades son igualmente
rígidas, ni dejan la misma libertad de actuación
individual. Esto, como veremos, depende de múltiples factores.