UNIDAD DIDACTICA SOBRE HOMOSEXUALIDAD

©Fundación Triángulo


LEAMOS LA HISTORIA DE "NANDO"

 

¿La soledad es el precio que hay
que pagar por la libertad?

Fernando no podía creer lo que le estaba pasando, todo iba tan rápido para él... Le parecía extraño, aunque esto respondiese a muchas preguntas que él se hizo hace tiempo; no podía negarlo, las cosas eran así porque sí, sin más explicaciones. Aun así le estaba costando creer que esto le estuviese pasando a él. Quizá si hubiese sido otra persona y en otras circunstancias distintas a las de Fernando, no le habría causado esa angustia y esos... «¿REMORDI-MIENTOS?» Sí, quizá sí sintió «remordimientos», aunque poco después, esa especie de «remordimientos» desaparecieron con la misma rapidez que un litro de agua al quitar el tapón del lavabo que lo contenía; simplemente duraron unos instantes, hasta que Fernando pensó: ¿Por qué me siento tan mal? Creo que no hago daño a nadie siendo «gai». Pero él seguía sientiéndose incómodo consigo mismo, aunque no entendía muy bien, al principio, las razones de su malestar. Empezó a recapacitar en silencio, encerrado en sus intensos, pero aún inexplicables sentimientos; estaba demasiado alterado para pensar en cosas tan importantes como la razón de la incomodidad con algo que él aprobaba sin esfuerzo alguno. Seguía preguntándose por qué le latía tan rápido el corazón y por qué sentía tantas ganas de llorar. Su conclusión fue que estaba demasiado alienado por sus amigos y su familia. Necesitaba un poco de soledad.

Los recuerdos de Fernando nadaron hasta llegar el momento en que se había mudado de su antigua casa, al barrio en que ahora vivía, contando unos once o doce años. En su antigua casa, apenas salía de casa para ir a la escuela religiosa que sus padres le pagaban con un tremendo orgullo. No salía porque sus padres afirmaban que era muy pequeño para salir solo, en una zona tan «peligrosa» en la que, a veces, se prostituían algunas mujeres. Fernando pasaba muchísimas horas «entretenido» en ver la televisión que sus padres le compraron para su habitación, y así, no aburrirse (esto, quizá, ahora lo está pagando, dado que su condición sexual se veía todavía como algo extraño, sobre todo en películas y/o programas malos, que eran abundantes).

Cuando salió de este barrio y se cambió de colegio, todo cambió en la vida de Fernando. El barrio en que nuestro amigo vive ahora es un barrio «limpio» de corrupción y «vacío» de posibles «sustos», que, según sus padres, podría sufrir Fernando donde antes vivían. Este es el típico barrio pequeño donde siempre hace buen tiempo, todo está coloreado, y la gente está siempre insoportablemente contenta, pero no era eso lo peor: era un barrio en el que todos se conocían, todos sabían todo de todos, todos nombraban a Dios tres o cuatro veces en la misma frase, y todos eran estupendísimos vecinos.

Fernando cambió de colegio, por supuesto, y no a uno privado como al que acudía en su anterior barrio; fue a uno público, ya que este, como todo, estaba cerca de su casa. Cambió de compañeros y de profesores, y se hizo amigo de una pandilla formada en su clase sólo por chicos, en la que había un líder, un «cabecilla»: Alberto.

Pasó el tiempo, y con él, también pasó aquel Fernando inocente de hace tiempo; se convirtió en «Nando» (apodo creado por Alberto), un chico cambiado, más alto y con voz más grave, que ya había probado algún que otro cigarrillo con sus «colegas». Según Alberto, Nando tenía enamoradas a varias chicas de su curso, entre ellas, a Lucía, la «mejor» del colegio, para él. Nando no hacía caso a Alberto, simplemente no se lo creía, a todos sus amigos les gustaba alguna chica, pero a él, no. «Ya me gustarán más tarde» se decía a sí mismo Nando.

- ¡Jo tío! No te entiendo, va detrás de tí la «tía más buena», y tú pasas, yo a esa me la «comía».

- ¡Déjame en paz!

- ¡Vale tío! No sé qué te pasa últimamente, desde que empezamos a hablar de chicas, tú nos ignoras.

Y la verdad era esa, no quería oir hablar de chicas. Fue aquí cuando Nando empezó a pensar en que era distinto a los demás en este aspecto, a todos les gustaba alguna chica y, como era natu-ral, hablaban siempre de ellas.

-¿No serás «maricón», Nando? -preguntó Alberto, al tiempo que caminaba ladeando marcadamente las caderas y besando a sus amigos.

-¿Quieres dejar de meterte conmigo? -Dijo Nando- Porque no quiera «tirarme» a más de veinte tías ¿tengo que ser marica? -preguntó Nando mientras se reía de las posturas que Alberto hacía.

-¡Jo, qué pena! ¡Podríamos divertirnos tú y yo un ratito! -respondió Alberto con la voz más aguda que de costumbre y guiñándole a Nando, a la vez, un ojo; todo para divertir a los demás de la panda. Pero algo raro le sucedía a Nando, cuando Alberto dijo esto. Se le encogió el estómago y se sonrojó hasta tal punto que todos se fijaron en él inmediatamente.

-Tengo que acabar el trabajo de lengua, hasta luego. -Nando se despidió y empezó a correr.

Cuando llegó a su casa se encerró en su habitación y se paró a pensar en la razón de sus nervios, y sin querer empezó a llorar por algo... ¿Por qué? No se lo explicaba muy bien, pero creía que le había molestado esa frasecita de Alberto, pero ¿por qué? ¿Acaso era verdad que Nando era gay? «¡No puede ser! ¡Eso es antinatural!» se repetía una y otra vez Nando, pero... Se le había metido en la cabeza saber si era verdad que Alberto quería «divertirse con él»: «¿Lo dirá en serio? ¡Ojalá!», fue lo que, sin querer, se dijo Nando... Acto seguido empezó a reirse «¿En qué estaría yo pensando?».

Al día siguiente, dejando pasar un poco lo que sucedió el día anterior, se volvió a reunir con todos sus amigos, pero esta vez sintió algo extraño al ver a Alberto, ¿era, quizá, amor? No, amor precisamente no, lo que Nando sentía era algo que se estrenaba en él, algo nuevo, eran unas ganas tremendas de independencia, ¿por qué? Pues bien, Nando ya lo tenía claro, estaba enamorado de Alberto, cuando le vio ese día, no le hizo falta mucho tiempo para darse cuenta de ello. No, no sintió «amor» ni nada parecido a esa palabra tan compleja, sintió rabia, sintió vértigo, sintió asco por todo, y la razón de todos estos sentimientos surgidos en él tan sucesivamente era simple: siempre le habían dicho en el colegio que no se puede «amar» a nadie del mismo sexo. Los profesores de su anterior colegio le hablaban de que la homosexualidad era algo que rompe toda «ley»; le decían que hablaban de que la homosexualidad era algo que rompe toda «ley»; le decían que era absurdo e incomprensible, algo raro, de «tontos», algo que no daría frutos humanos nunca, por lo que rompía las leyes de la naturaleza.

Nando, todavía influido por estos pensamientos que de alguna forma había tenido que aprender, aun sabiendo que de quien estaba enamorado era de alguien de su mismo sexo, no aceptaba que era homosexual. Él pensaba que se le pasaría pronto, que en poco tiempo seguro que le iba a gustar alguna chica. Él no podía ser tan antinatural como para ser homosexual, no, se le pasaría seguro, pero no sabía cuándo, y, además Alberto no podía enterarse de ello; ni Alberto ni nadie, ¿qué pensarían? Era un barrio "asqueroso" en el que si eres gay te señalan hasta que te echan de un golpe dado por la yema del dedo índice. Por esta razón Nando se sintió en aquel momento angustiado, como si una mano le oprimiese el cuello y no le dejase respirar sus sentimientos, que al fin y al cabo, eran eso, sentimientos, como otros cualquiera. Nando no era gay: estaba convencido de ello, pero... ¿y si lo fuese? De camino a casa Nando empezó a recapacitar: ¿Por qué tiene que ser algo antinatural? Poco a poco empezó él solo a darle vueltas, y llegó a la conclusión de que si llegara el caso de que nunca le gustasen las chicas, es decir, si al final fuese homosexual, pues nada, no pasaría nada, no sería antinatural.

Nando era un chico demasiado maduro para los trece años que tenía, y había tomado una decisión muy importante para su edad, y estando en esas circunstancias el solo se "desalienó". Aunque seguía pensado que no era gay, pero ya se había preparado para si finalmente descubriese que lo era. Pensó también que por qué no podía decírselo a Alberto; él era su amigo, además de la persona de quien estaba enamorado; pero no podía hacerlo. Alberto también era de los que pensaban que la homosexualidad iba contra natura, y también se reía con los típicos chistecitos de "maricas". No, si se enterase... Ya le parecía verlo; todos sus amigos pegando la espalda a la pared, por si acaso. «Sería horrible», pensaba Nando. Para él era una pena que no pudiese hacer como los demás chicos, que cuando una chica les gusta se lo dicen, «¿Por qué yo no puedo hacer lo mismo?».

Esta sociedad es demasiado dura con las minorías de distinta raza, es demasiado dura con la gente diferente; en una palabra, y todo por pura y dura ignorancia.

El barrio, la familia, los amigos y los ideales inculcados a Nando, sobrepasaban los límites. Las mayorías siempre oprimen a las minorías, pero él formaba parte de esa minoría y no iba a permitir nada de eso, aunque nadie se enterase de lo que sintiese, nadie iba a volver a meterle en la cabeza nuevos ideales sin el consentimiento de su sentido común.

Pasó el tiempo, pasaron los meses, y también varios años. Situémonos en casi el presente de Nando; seguía enamorado de Alberto, más que en ningún otro momento, y también seguía con la mano oprimiéndole el cuello más que nunca. Había tenido la oportunidad de ver desnudo a Alberto en su viaje de fin de estudios del colegio, y también le había visto besándose con su novia, porque claro, casi todos sus amigos o tenían o habían tenido novia, menos él, que se inventó que tenía una en el pueblo de su madre. Sus sentimientos por Alberto eran cada día más intensos, y sus ganas de independencia general también crecían a una velocidad imparable. Deseaba la más absoluta soledad; no disfrutaba con nadie; ni con sus amigos, a los que consideraba estúpidos e "insípidos", con los que pasaba el rato por solo aparentar; ni con su familia, ni ya con Alberto; a éste un tiempo después llegó incluso a odiarle. Ya no tenía ninguna duda de que era homosexual.

«Tengo que decírselo», se decía una y otra vez Nando; «Tengo que decirle que le quiero y que le odio». Pero no podía; deseaba estar sólo consigo mismo, como dijo Henry D. Toureau: «jamás halló compañero más sociable que la propia soledad».

Se dio cuenta de que estaba mejor solo, sin esa panda de personas sin valor alguno bueno, sin esa familia estricta que se desmayaría si supiese la sexualidad de su hijo, y sin Alberto, que le había hecho sufrir como nadie. Buscaba libertad en esa soledad ansiada, buscaba que nadie le molestase. Había estado rodeado de gente que no comprendería sus sentimientos; no había podido respirar sus sentimientos en un ambiente tan oprimente. Le encantaría olvidarse de "todo" y poder vivir solo, en el sentido totalmente literal de la palabra; solo en un barrio que no fuese un barrio, es decir, en un lugar solitario y desnudo de toda vida humana, puesto que la especie humana era para Nando la única especie del planeta capaz de dañarle. Le encantaría ser autosuficiente, para no tener que hablar con nadie. Todo esto que Nando imaginaba resultaba ser bastante utópico, y probablente todas esas fantasías llegaron a Nando a partir de lo que éste había decidido hacer.

Odiaba tanto a Alberto por todo... Besaba a su propia novia delante de él; cuando ella no estaba sólo sabía hablar de ella, así que decidió romper esa amistad que quedaba aún en pequeños fragmentos, porque pensó que Alberto habría cambiado, que no reaccionaría como si se lo hubiese dicho cuando todo empezó; pensó que habría madurado sus ideas; pero la verdad es que fue todo lo contrario: le llamó "maricón de mierda" más de ocho veces, le llamó "cerdo asqueroso", le dijo que se suicidase, que Dios ya había renunciado a acogerle "en su reino", que... un largo etc siguió a estas palabras; finalmente, Nando decidió marcharse corriendo mientras sus ojos estallaron en lágrimas. No volvió a estar con ninguno de sus "amigos" (no le importó demasiado), y mucho menos con Alberto. Todo fue mal a partir de aquí. Sus amigos y Alberto esparcieron la "tremendísima" noticia entre sus familias, la demás gente del instituto... se enteró hasta la familia de Nando, la cual reaccionó como él se había imaginado, de la misma manera que Alberto:

-¡Dios mío! ¿Qué te hemos hecho?

-Vosotros nada.

-¡Por Dios, hablas como si nada! ¿Es que que a ti no te importa?

-Al principio fue difícil, pero ya lo tengo asumido y ya está, no pasa nada, soy como otro chico normal.

-¿Sí? ¡claro! ¡Normal! ¿Te parece normal?

¡Ah Dios mío! ¡Le hemos educado en el mejor colegio, y ahora, Dios, nos castigas de esta forma!

-¡Seguro que ya has cogido el sida o alguna cosas de esas de «maricas»! ¿no? -intervino el padre-.

-¡Dejaos de tonterías! No es ningún castigo de nadie ser gay, os repito que soy normal, y que no he cogido ninguna enfermedad.

-¡Basta! No quiero hablar más del tema, debes saber que el mismo día que cumplas la mayoría de edad, te irás de aquí a donde quieras, no queremos saber de un hijo que nos ha hecho tanto mal.

-¿Qué hemos hecho nosotros mal, Señor?

-¿Qué dirá la gente? -dijo la madre de Nando entre sollozos.

-Está bien, si no queréis volver a hablarme, lo habéis conseguido, no pierdo nada bueno -contestó Nando mientras abría la puerta y salía corriendo. Empezó a caminar solo, teniendo bastantes yemas de dedos índices clavados en su corazón. «Pobres padres, que Dios les perdone», decían las personas a las espaldas de Nando...

Al día siguiente, Nando ya no hablaba nada con sus padres, fue al instituto y fue tremendo: ¿cómo era posible que ya todos lo supieran? Porque en ese barrio... Era tremendo tener un secreto del tipo del de Nando. Todos le miraban y se reían, no faltaban los típicos chicos puestos contra la pared, etc. Horrible. Cuando subió del recreo tenía todos sus cuadernos y libros pintados... Nando no podía aguantar más esa mano en el cuello, quería gritar que era libre: pero sería imposible.

Nando estaba deseando tener ya los dieciocho años para perderse de una vez, él solo, vacío de amistad y vacío de sentimientos, vacío de deseo por cualquier persona... ¡estaba tan cansado!

Otro día, cuando finalizó la clase de literatura, el profesor, un hombre bastante atento y simpático, le dijo a Nando que si quería hablar con él. Aceptó a regañadientes puesto que sólo quería estar solo consigo mismo. Se reunió con él y para sorpresa de Nando, su profesor también era gai y le dijo:

-Quiero que sepas que sé que lo estás pasando mal, pero, ¿sabes qué podías hacer? ¡Rebelarte! Levanta la cabeza ante aquellos que te insultan, no pongas la otra mejilla, levanta el puño y defiéndete. Di que no pasa nada por ser gai. Di que eres libre.

-Yo no puedo hacer eso, sencillamente porque no lo soy, no soy libre, profesor. En las circunstancias en que me encuentro, eso de ser libre es una gran utopía. Pero lo conseguiré, no lo dude, lo que busco es eso, y no voy a conseguirlo levantando el puño, sino simplemente lo conseguiré estando solo, perdiéndome para siempre. He descubierto que en mis circunstancias es tremendamente difícil sentir algo por alguien. Ya no puedo rebelarme, no tengo esa libertad que tiene quien se rebela. ¿Ha visto usted la película Dersu Uzala? Se la recomiendo.

Con estas palabras el profesor de Literatura se quedó de piedra. Nando se fue a algún lugar...

-¿Qué has estado haciendo con el profesor de Literatura, «Fernando»? -le preguntó Alberto, que estaba con su novia-.

-Acércate más, Alberto, no sea que este tío te vaya a hacer algo -replicó Mar, la novia de Alberto con un tono bastante hueco.

-Bueno, basta ya, dejadme en paz -dijo Nando, mientras empezaba a andar, un poco arrepentido por perder aliento hablando.

-Oye, Nando, en serio, ¿de verdad eres «marica»? Tú eras «guay», no entiendo cómo has dejado de ser lo que eras para ser esta mierda, ¿no ves que va contra la naturaleza?

-Perdona, tengo prisa, no quiero hablar con alguien que me ha hecho sufrir mucho -contestó Nando sin parar de andar-.

-¿Que te he hecho sufrir mucho? ¡-Pobrecillo! ¡Vete y tírate a uno de los tuyos, conmigo ni lo intentes de nuevo! -replicó Alberto riéndose con Mar-.

Nando lo había oído todo y llegó a su casa.

Ya estamos en la vida presente de Fernando. Como al principio dije, a Nando le volvieron a invadir una especie de «remordimientos»: ¿por qué yo? -se preguntaba a sí mismo, pero como decía, estas ideas se fueron enseguida con la reaparición de su sentido común. Es verdad no hacía daño a nadie con la reaparición de su sentido común. Es verdad no hacía daño a nadie siendo gai, pero realmente él no quería luchar por integrarse en la sociedad como gai, ni quería integrarse en la sociedad fingiendo no serlo, no, lo que Nando quería era soledad. Creía que era lo mejor, no volver a hablar con nadie, no volver a ver a nadie, nada. Quería eso: estar consigo mismo únicamente (aunque claro, por supuesto, eso era imposible. Siempre estaría, al menos, influenciado por el resto del mundo). Lo único que quería en esta vida era no volver a tener nunca más ningún deseo.

 

A. Grijelmo P., 17 años. Madrid, 1997.

 

El anterior es un posible final de la historia. A continuación te contaremos otro posible final para que tú elijas el que más te guste.  

 

«Nando no se sentía muy bien; sus amigos se reían de él y quizá alguno no cambiase nunca. Pero Nando, después del dolor y la sorpresa iniciales, iba pensando cada vez con más fuerza que si esos amigos no le aceptaban no merecían ser sus amigos. En la ciudad había demasiada gente para no encontrar algún buen amigo. Seguro que cuando fuese a la universidad encontraría a chicos y a chicas más abiertos y racionales.

Repasó mentalmente la lista de personajes históricos que habían sido homosexuales; él también podría hacer algo interesante. Su profesor de Literatura parecía feliz; ¿por qué no iba a llegar a serlo él mismo también? En cualquier caso no renunciaría a luchar. Sabía que era fuerte».


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